Día 6: Córcega, la isla de la belleza

 Así es como se conoce en la actualidad a esta isla que se encuentra encima de Cerdeña si miramos un mapa del Mediterráneo. Los griegos la bautizaron con el nombre de “Kallisté”, la más bonita. Gracias a sus mil Kilómetros de costas, 300 de los cuáles son de arena fina, es un sitio ideal para deportistas náuticos, submarinistas y otros amantes del mar.

 Nosotros atracamos en el puerto de Ajaccio, pueblo en el que nació Napoleón Bonaparte, lo cual se nota en cada una de las estatuas que se encuentran en las plazas de este pequeño pueblo que en realidad no se diferencia mucho de cualquier otro lugar de playa que podamos ver en España, como Benidorm, Salou…

 Desde Ajaccio se pueden visitar algunas joyas de Córcega, como los Calanches de Piana en la costa Oeste, la Ciudad Vieja de Ajaccio o los Barrancos de Prunelli y las islas sanguinarias, llamadas así porque los corales del fondo hacen que el agua parezca de color rojo y por la cantidad de sangre que derramaron los piratas por la zona.

 En esta ocasión no nos fuimos a ninguna excursión y decidimos dar una vuelta por Ajaccio, donde vimos la ciudadela, que actualmente es utilizada por la armada francesa como puesto militar, y la casa natal de Napoleón, con una exposición donde se pueden ver entre otras cosas el árbol genealógico de los Bonaparte y muebles de la época en todas la habitaciones de la casa.

 Nos dijeron también que allí se encuentra la tumba de Napoleón, pero no la vimos ni pudimos saber dónde se encuentra.

 A las 15:30 teníamos que estar a bordo, así que la visita fue poco más que un paseo por la ciudad. Subimos al barco a la hora de comer y bajamos al restaurante donde compartimos mesa con tres parejas de andaluces muy divertidos, una de Sevilla y dos de Cádiz. Nos lo pasamos bastante bien con ellos a pesar de que estuvimos poco tiempo.

 Por la tarde fuimos a clase de hip-hop, pero el bailarín que nos tenía que dar clase dijo que habíamos llegado todos tarde y no nos la dio (fue el más desagradable de todo el ballet durante toda la semana).

 Por la noche bordeamos una tormenta y todo el mundo estaba pidiendo pastillas para el mareo en la recepción. Nos perdimos la fiesta tropical, aunque nos dijeron al día siguiente que casi la mitad de los pasajeros no habían ido tampoco. No dio mucha rabia, porque ya habíamos comprado los collares de flores y las guirnaldas para ir a tono, pero así tenemos otra razón más para volver al crucero.

 El día no dio para mucho más y la tristeza empezaba a aflorar, pues sabíamos que el viaje empezaba a llegar a su fin.

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